Vamos a ver si te sientes identificad@ con esto (o si conoces a alguien que sea así 🤗):

  1. Cuando tienes que ir a un sitio, y sabes que tardas una hora, sales de casa cuando faltan tres.
  2. Cuando estás tomándote algo tranquilamente en una terraza, en lugar de estar disfrutando del aire y del sol, solo estás pendiente de divisar al camarero para ir pidiéndole la cuenta (incluso si aún no te has terminado lo que has pedido).
  3. Cuando alguien se toma su tiempo en hacer una determinada tarea, incluso aunque no tenga nada que ver contigo, te pones de los nervios, porque no comprendes cómo puede tardar tanto.
  4. No soportas las colas. Prefieres perderte cualquier tipo de espectáculo con tal de no verte en una fila.
  5. Si envías un mensaje y ves que la persona a la que se lo has enviado no lo ha leído, vuelves a insistir (o miras constantemente el teléfono para ver si te responde).
  6. Si vas a una tienda, y ves que hay mucha gente en las cajas o en los probadores, automáticamente te vas (incluso si te has desplazado aposta porque necesitas una determinada prenda).
  7. Nunca viajas en puente porque eres incapaz de soportar un atasco.
  8. Cuando cocinas, prefieres que el arroz te quede duro antes que imaginar que te puede salir un pelín pasado.
  9. Cuando vas al súper, no te entretienes en ver productos nuevos, porque tu objetivo es acabar la compra rápido.
  10. Si algo se estropea, necesitas ponerte a arreglarlo en ese mismo instante, aunque para ello tengas que dejar una conversación a medias o cancelar algún plan que ya estaba previsto. Sientes que no puedes esperar.

Este decálogo podría ampliarse con un sinfín de ejemplos más, pero estoy segura de que, si me extiendo demasiado, quizás podría entrarte prisa por terminar de leerte el artículo, y eso haría que no lo procesaras adecuadamente 🙃. Tan malo puede ser llegar tarde a todos sitios como todo lo contrario. Piensa en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, que vivía pegado a su reloj, siempre corriendo de un lado para otro, estresado y agobiado, hecho todo un agonías, y ni siquiera sabía adónde tenía que ir.

A veces la prisa es una necesidad, pero en la mayoría de ocasiones solo es una manifestación de la ansiedad que habita en tu interior. Como tus tormentos son la lentitud y la espera, así como el miedo a retrasarte, te proteges de exponerte a ellos mediante esa prisa que te caracteriza, pero no te das cuenta de la paradoja que se produce. Al obligarte a salir con un gran margen de tiempo a todas partes, evitas la impuntualidad, sí, pero, a menos que se dé la casualidad de que se produzca un contratiempo, después te toca esperar (y la espera también te mata 😅). Tampoco te permites «hacer tiempo» tomándote un café a gusto, porque, en vez de estar centrado en el aquí y el ahora, tu mente está pendiente de si el camarero tarda en traerte las vueltas.

En resumen, entras en un bucle un tanto absurdo, en el que concedes todo el protagonismo a ese futuro inmediato, en detrimento del presente, y, si alguien más te acompaña, lo acabas succionando en esa espiral de ajetreo constante, dentro de la cual es imposible disfrutar y relajarse.

La solución no reside en renunciar a tu temperamento, y en tener de repente una pachorra inmensa, sino en aprender a hacer las cosas con sentido, priorizando el orden de las circunstancias en su conjunto, y no el de una sola frente a todas las demás. No dejes que tus prisas te acaben privando de los pequeños placeres. No te conviertas en el conejo de Alicia, y haz que cada segundo cuente 🧠💪.

Si crees que necesitas que alguien te eche un cable con este asunto, yo, por mi parte, te espero en FisioElena (Tarancón), y también online.

Tú decides: ¿hablamos? 😉