Últimamente estoy viendo muchas publicaciones de psicología en las que se pone el foco en el papel de víctima. Víctima de una familia tóxica, víctima de malas experiencias del pasado, víctima de una pareja demasiado paternalista… Y sí, cuando alguien nos hace daño, somos sus víctimas, y eso deja una huella profunda en nosotros, pero también hay que aprender a gestionar eso desde múltiples prismas diferentes, y no solo desde la evitación, la huida o el contacto cero. Son tantos y tantos los vídeos que he visto en los que esas son las pautas que se recomiendan, que finalmente me he decidido a aportar mi propio punto de vista a esta cuestión.

En primer lugar, lo primero que tenemos que diferenciar es de qué somos o hemos sido víctimas. No es lo mismo un padre autoritario que un padre maltratador. No es lo mismo una madre sobreprotectora que una psicópata capaz de encerrarte bajo llave con tal de tenerte para siempre a su merced. No es lo mismo un hermano capullo que un enemigo declarado. No es lo mismo una cuñada molesta que una acosadora perversa, y tampoco es lo mismo una pareja algo celosa, intensa o empalagosa que otra que cruce la línea de intentar manipularte, ponerte en contra de otros o faltarte al respeto de la manera que sea.

Definir límites claros y precisos de lo que es tolerable y de lo que no lo es, es lo primero que deberíamos hacer. Si llegamos a la conclusión de que, no solo es que tengamos personas difíciles a nuestro alrededor, sino de que sus conductas en verdad son delictivas, muchas veces ese contacto cero o ese alejamiento irreversible es la única salida que nos queda para ponernos a nosotros mismos en primer lugar, y protegernos al fin de quienes nos hayan podido destrozar la vida, para darnos la oportunidad de reconstruirnos por dentro y sanar nuestras heridas. Ahora bien…, si concluimos que no hay nada delictivo en la conducta de quienes nos rodean (y que muchas veces nos quieren) sino más bien patrones desadaptativos heredados de su propia educación y socialización, igual la decisión de echarnos a un lado y no querer saber nada más de ellos no es la que más bienestar nos va a transmitir a largo plazo.

Imaginemos un día de playa. Como todo en la vida, tendrá sus pros y sus contras. Podrá encantarnos el hecho de darnos un chapuzón en el mar, pero quizás nos pondrá de los nervios acabar con restos de arena entre las uñas. Podrá gustarnos tomar el sol, pero nos dará pereza tener que embadurnarnos primero con el fotoprotector para prevenir quemaduras. Nos hará ilusión encontrar una caracola preciosa bajo nuestros pies, pero tendremos que soportar el molesto tropezón que habremos de darnos con ella para poder descubrir que estaba allí. Pues bien, con la familia sucede lo mismo… Los momentos de armonía siempre suelen ir acompañados de alguna nota disonante… ¡Pero a la hora de criar a un hijo sucede exactamente igual! ¿En qué cabeza cabe que un profesional de la psicología recomiende a un padre o a una madre que abandone a su vástago para siempre y que apueste por el contacto cero porque sus rabietas de niño le están causando estrés y malestar emocional? Entonces… ¿Por qué estamos normalizando que desde algunos altavoces nos lancen mensajes similares respecto al resto de miembros de nuestro entorno familiar?

Repito: una cosa es tener la desgracia de que nuestros familiares realmente sean unos salvajes, o tengan comportamientos maquiavélicos, y otra diametralmente opuesta es que no sean perfectos. Cada uno va a tener sus manías, su genio, sus creencias, su forma de ver la vida, etc., pero eso no quiere decir que tengamos que aprender a pensar como ellos para agradarles, ni que nos dejemos dominar por su halo de «experiencia» o «madurez». Ellos tendrán que aprender a asumir que no podemos ser sus clones ni hacerles caso en todo, pero a veces se nos olvida nuestra contrapartida en ese juego, que no es otra que la de asimilar igualmente que, pese a ello, quizás nos sigan dando consejos que no les hemos pedido, o nos hagan hincapié en su propia opinión (que para eso es la de ellos, al fin y al cabo).

En resumen… En todas las familias hay miembros que podemos llegar a sentir como ese grano de arena entre las uñas en un momento dado, pero a la par poseen la capacidad de darnos un abrazo que nos reconforte lo mismo que la suave brisa marina. Y en las parejas o en los matrimonios sucede igual. Otra cosa es que nos demos cuenta de que ya no queremos a esa persona, o que nos hemos enamorado de otra, pero siempre que quede amor, las diferencias se pueden remediar. No solo tú tienes que poner de tu parte, evidentemente. En estas cosas el esfuerzo ha de ser mutuo, pero huir solo te llevará a sentirte más solo e incomprendido. Pensemos también en una mascota… Un perro, por ejemplo. Si un día le da por ladrar demasiado, o por mordisquear un cojín hasta destrozarlo, o por hacerse pis en la alfombra, ¿lo dejaríamos tirado en medio de una cuneta para olvidarnos de él y establecer contacto cero por no ser un perro perfecto? ¿O buscaríamos otro tipo de soluciones para que esos malos hábitos no nos saquen de quicio?

Convivir es transigir. Ni otros pueden imponerte tus ideas, ni tú puedes meterles por sopa las tuyas. A veces te tocará ceder a ti. Otras, al resto. El entrenamiento en comunicación asertiva es fundamental. El establecimiento de límites claros y saludables, también. Pero, aun así, aspirar a cambiar a los demás, o alcanzar una especie de nirvana al tener la típica reunión familiar, es una auténtica utopía. Es muy importante aprender a trabajar la aceptación, la calma, la resiliencia… Y eso no significa seguir callando en modo pasivo, ni ser un cero a la izquierda. Significa alcanzar un equilibrio entre un polo y el otro. Significa exigir, pero dar también a cambio. Hoy en día, considero que se está banalizando mucho con eso de «aprender a soltar», y con hablar de «trauma» muy a la ligera. Hay más entidades diagnósticas aparte del trauma que pueden explicar que nos sintamos mal, y también podemos atravesar un mal momento sin necesidad de estar padeciendo ningún trastorno, porque ser felices todo el tiempo es un imposible.

Las personas que han sufrido abusos, malos tratos, racismo, homofobia, negligencia en el cuidado durante su infancia, bullying, etc., sí es muy probable que tengan secuelas traumáticas de diferente calibre, así como las que se han sentido traicionadas o han sido inducidas a incurrir en actos autodestructivos, como el consumo de sustancias o la restricción alimenticia. Sin embargo, si en tu caso simplemente estás padeciendo las típicas «movidas familiares», o las discusiones habituales de pareja, no tienes por qué sentirte víctima ni pensar que tienes ningún trauma. Solo eres una persona normal con una situación normal en un mundo complicado e imperfecto. Y no se trata de alejarte…, sino de reivindicar tu lugar. Si, a pesar de ello, los demás no entienden que quieras cambiar y empezar a ser tú mismo/a, y son ellos quienes desean «soltar» y alejarse de ti, que lo hagan… Será duro, no voy a engañarte, pero puede que esto jamás llegue a suceder. En muchos casos, acabarán «tragando» con tu nuevo yo, y te seguirán queriendo, y demostrándotelo. Y si te desprecian o te «castigan», entonces es que realmente su orgullo pesa más que su cariño. Y a eso se le llama chantaje emocional.

Te recomiendo ver la película «El Juez», donde un padre y un hijo que aparentemente se odian, en realidad se parecen más de lo que les gustaría, y donde el amor, pese a todos sus malos rollos, acaba aflorando y prevaleciendo, y no de una manera precisamente «de chill». Así que, querido/a lector o lectora… Si después de haber llegado hasta el final de este artículo decides que realmente tu familia, tus amigos o tu pareja no merecen la pena, que te han hecho muchísimo daño, y que, por lo tanto, eres víctima de sus actos, y presentas sintomatología traumática por ello, felicítate por lo valiente que has sido al sobrevivir a semejante entorno, y emprende tu propio camino para hallar la estabilidad y la paz que necesitas. Pero, si consideras que ese no es tu caso, cuidado, porque puede ser que un enfoque basado íntegramente en el apego, el trauma o las heridas de la infancia no sea lo más recomendable para ti.

En cualquier caso, tú decides. Yo trabajo desde ambas perspectivas, adaptándome a cada caso… No es mi intención restar credibilidad a ciertas teorías o doctrinas, ni mucho menos. Simplemente quería resaltar que tampoco conviene meterlo todo en el mismo saco, ni acabar frivolizando con algo tan serio, dando a entender en muchas ocasiones que todos somos víctimas de nuestra familia, que nuestros seres queridos son el mal personificado, y que dar un golpe sobre la mesa es sinónimo de romper lazos para siempre con todo el mundo. Hay relaciones que, pese a ser tóxicas, tienen antídoto, como sucede en algunos casos de envenenamiento. O vacuna, como para muchos virus. No todo lo nocivo tiene por qué ser letal, ni salir corriendo ha de ser la mejor de las conductas cuando algo nos resulta levemente dañino. La mejor manera de combatir una alergia es con pequeñas dosis de aquello a lo que somos intolerantes… La mejor forma de vencer una fobia es exponiéndonos gradualmente a los estímulos temidos… Y la mejor técnica para llevarnos «medio bien» con los que nos rodean pasa por aceptar sus defectos y los nuestros antes de llegar a mayores.

Y con esto y un bizcocho… Espero que esta reflexión te ayude a esclarecer ese galimatías afectivo que es fruto de tantas y tantas emociones como somos capaces de experimentar, y que te sea de utilidad a la hora de tomar decisiones por ti mismo/a. 😊🧠💪. Si tienes cualquier duda al respecto, ya sabes que puedes solicitar tanto terapia como asesoramiento psicológico conmigo. Para una atención presencial, puedes ponerte en contacto con el centro Fisio Elena (en Tarancón), y preguntar por mí. Y para la modalidad online, puedes escribirme al siguiente correo electrónico: macarenapinedo@hotmail.com

Te deseo una feliz semana.

Un fuerte abrazo,
Macarena