Siguiendo un poco con el tema de la sobreprotección a los niños (visita mi Instagram para ver un artículo anterior)…, el otro día me dio por pensar en cómo ha cambiado el mundo desde que nosotros éramos pequeños hasta la actualidad. Donde antes nos dejábamos las rodillas en el asfalto que había debajo del tobogán oxidado, ahora hay suelos blanditos que evitan toda clase de heridas. Donde antes veíamos dibujos animados con villanos que ni los del más perverso culebrón, ahora todo son historias de «Mr. Wonderful» con un tono muy light, al igual que el de los cuentos que se escriben hoy en día. Hasta la publicidad se ha vuelto mucho más amable. Y eso tiene su lado bueno, no digo que no, pero también tiene su lado malo.

Quizás antes nos hacíamos adultos antes de tiempo, en el sentido de ser más pícaros o de aguantar mejor el dolor, y sin embargo también éramos más niños (jugábamos con muñecos hasta bien entrada la adolescencia, y no como ahora, que a los doce años ya no hay más vida que la del primer smartphone). A título personal, tengo la sensación de que los niños de esta generación son más sensibles e ingenuos, pero al mismo tiempo tienen acceso a contenidos inapropiados para su edad de una manera demasiado precoz (pornografía salvaje, retos virales absurdos, videojuegos violentos…). Es como si la transición entre la infancia y la adultez estuviera siendo muy brusca (pasan de ser muy infantiles a emborracharse en los botellones, probar todo tipo de sustancias y devorar contenidos XXX sin control). Es algo así como ir conduciendo en primera y cambiar de repente a quinta. El coche da tirones, o directamente se cala. En definitiva, no resulta funcional.

Quizás la clave esté ahí, en ir cambiando de revoluciones poquito a poco para no colapsar. En ir descubriendo las maldades del mundo a la par que sus bondades, y no de golpe, de un día para otro, a través de una pantalla de 6,5 pulgadas. Criar a fuego lento, sin recalentar en microondas. Hallar el equilibrio entre la libertad y el libertinaje, entre los límites y la permisividad, entre la protección y la sobreprotección, entre la dureza y la delicadeza, y entre la exposición y la sobreexposición. Ser niño no significa ser tonto. Al contrario. En esa etapa de la vida es cuando más espabilados somos, cuando menos nos cuesta aprender, y cuando menos nos duelen las caídas. Un mundo sin villanos no es mundo real. Un universo mayormente digital, tampoco. Toda rosa tiene espinas, y no por ello deja de florecer. Antes de llevar a tus hijos a terapia, pregúntate qué puedes hacer primero tú como «jardinero». A veces el trabajo con los padres surte más efecto que el que se lleva a cabo sobre los propios niños. No se trata de que te sientas culpable, sino de que aprendas a manejarte mejor. El crecimiento personal pasa por la autocrítica, no por la culpa. Y la sociedad muchas veces tampoco nos lo pone fácil.

En resumen, si tú también compartes esta sensación de que educar a los hijos es más complicado ahora que antes, y en ocasiones te sientes un poco como un barco a la deriva, posiblemente yo pueda echarte una mano. Ofrezco atención presencial en FisioElena (Tarancón), pero también imparto talleres individuales en formato online. Así que, estés donde estés, puedes concertar una cita conmigo, ya sea para este menester, o para cualquier otro ámbito de tu vida que te genere dudas, incertidumbre o conflicto. Por mi parte, concluyo este artículo en este punto. Tú decides: ¿hablamos?

 

Macarena Pinedo López, psicóloga.

(Te recuerdo que puedes buscarme en Instagram como @lasonrisadelapoetisa).

 

Nos vemos en el próximo artículo.

Un abrazo 🫂